El mayor mal que existe

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el mayEstamos en el fin de un ciclo universal y del mismo modo que para transformar pequeños hábitos de comportamiento la mayoría de personas suelen resistirse, con mayor furia lo hacen cuando lo que hay que modificar es  su vibración energética.

Cada vez existen más seres humanos que están despertando y recordando lo que son y que la vía para solucionar todos los conflictos del mundo es el Amor y la focalización consciente en las cosas que deseamos y que aportan un mayor bien común para toda la humanidad, pero del mismo modo que esta energía es cada vez más poderosa, existen también comportamientos más radicales en el polo opuesto, por parte de todos aquellos que se aferran a sus caducos patrones de pensamiento y emoción, basados en el enfrentamiento, en la soberbia, en el desprecio o en la creencia en su superioridad sólo porque los demás no piensan como ellos.

Para esta cantidad ingente de personas, da igual que hablen de religión, de política, de deportes, de economía o cualquier otro ámbito, siempre encuentran a quien atacar y en quien descargar su odio. Su falta de consciencia y del verdadero Amor por sí mismos y por la humanidad son causantes de tanto despropósito que origina un círculo vicioso en el que cómo humanidad llevamos inmersos por milenios.

Toda esta energía de odio, se alimenta cada vez que las personas se enfocan en las cosas que les disgustan de los demás y de forma recíproca se achacan todo tipo de culpas, a través de insultos y descalificaciones en el menor de los casos y de guerras cuando disponen de los medios para ello.

Estoy plenamente convencido que dentro de unos decenios estas conductas serán erradicadas de nuestro nuevo mundo y las veremos tan primitivas como hoy vemos a nuestros antepasados de las cavernas, pero mientras ese ansiado día llega, las personas que somos conscientes de la nueva Tierra en la que deseamos vivir, no podemos entrar al juego, sino trabajar en nuestro área de actuación más poderosa, allí donde nada ni nadie puede afectarnos, allí donde creamos nuestra realidad particular, al margen de lo que suceda a nuestro alrededor: nuestra mente y nuestro corazón.

Desde ese punto sagrado de recogimiento, debemos cada día crear el mundo que deseamos, un mundo de paz y abundancia para todos los seres en el que nos respetemos a pesar de nuestras diferencias ideológicas, nuestro color de piel, nuestro sexo o nuestro idioma. Un mundo en el que pueda reinar la armonía natural a la que tenemos derecho y que un día nos fue arrebatada.

Para que ese día llegue, lo primero que debemos hacer es crearlo en nuestra mente, teniendo la certeza de que cuantas más personas se sumen a este propósito más cerca estará nuestro objetivo.

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